Huitzilopochtli representa al Sol de invierno que a pesar de ser pequeño pone toda su fuerza de voluntad para crecer día con día hasta convertirse en una gran águila radiante. Es el guerrero incansable que lucha día a día cumpliendo el trabajo que le corresponde, se eleva, da flores, frutos y alimenta a las semillas. Lucha contra sus limitaciones y bate fuertemente sus alas de fuego que dan luminosidad.
¿Todo este proceso que tiene que ver con nosotros?
Simple y sencillamente tenemos que aprender a trabajar como lo hicieron nuestros ancestros. Tenemos que aprender que todo el trabajo que hay por hacer en nosotros mismos es igual al que hace la naturaleza en su interacción con el cosmos.
Cada ser humano es una semilla que se siembra en un pedazo de tierra, o sea, ¡Nuestro cuerpo en forma humana! ¿o acaso nuestro cuerpo no está hecho de lo mismo que la naturaleza?
Necesitamos reconocer que nos alimentamos del Sol porque en primer lugar sin él no existe la vegetación, las hojas acaparan el alimento que proporciona la luminosidad y la concentran en un fruto y éste es tomado por las diferentes especies para la subsistencia.
Lo más radiante de cada especie vegetal es una flor, en ella se plasma el color que embellece la naturaleza y concentra la vida en el polen, en las esporas.
Nosotros que formamos la especie humana, al aprender estos procesos de la naturaleza nos damos cuenta que tenemos una gran oportunidad de iniciar un ciclo que comienza en el solsticio de invierno.
El primer paso involucra la muerte, la renuncia a estar apegados a todo lo que nos une al ciclo que terminó, a los ciclos que ya quedaron detrás, partir de un punto cero en el que el aquí y el ahora nos enfrenta a una enorme posibilidad de crear, de ir hacia delante. Quien no aprende a morir en su pasado queda atrapado en el tiempo, sin posibilidades de ser libres. La planta que proporciona el maíz tiene que morir para entregar sus semillas y en ellas están todas las posibilidades para su crecimiento, para su evolución.
Es necesario mirar el camino en el que como Huitzilopochtlis aplicamos nuestra fuerza de voluntad para que día con día hagamos nuestro trabajo de levantarnos junto con el Sol. En cada uno de nuestros pensamientos y acciones batir las alas que eleven nuestro corazón hacia la fuente de vida y luz. Luchar como guerreros contra nuestras limitaciones y defectos. Hacer florecer nuestro corazón que permite embellecer todo lo que nos rodea, entregando estas flores con nuestras palabras, nuestros sentimientos y nuestras acciones.
La tarea diaria de un guerrero consiste en alimentarse de la Luz que proviene de Tonatiuh. Ser hombres y mujeres solares que reciben todo lo que proviene del cosmos y lo entrega concientemente a la Madre Tierra en actos y palabras florecidas.
En su interior forma el fruto que ha de alimentar a los demás porque quien se convierte en guerrero se da como alimento a su pueblo. Ese fruto es su corazón florecido, que está constituido de amor, de compasión y de todo aquello que es bueno para los demás. Es un guerrero águila que vuela alto mirando lo justo, es un guerrero jaguar que se viste con las pieles que contienen estrellas, luz en la oscuridad.
Cuando ha alcanzado su estado de perfecto equilibrio se prepara para su encuentro nuevamente con la muerte dejando de tras todo aquello que no le posibilitó crecer, elevarse, florecer y ha atesorado en una semilla todos los aprendizajes. Esta semilla contienen todos los aprendizajes que servirán de simiente para un nuevo ciclo.
Finalmente llega a un estado en el que emprende una nueva batalla en un estado colibrizado.
Nacimiento y muerte son los ciclos incansables que componen la dualidad universal y los seres humanos estamos marcados por estas leyes, que al hacerlas concientes descubrimos el verdadero sentido de nuestra existencia.
Somos inseparables de la naturaleza y en nuestra cultura occidentalizada vive en nuestro inconciente, es por este motivo que en nuestro calendario gregoriano al término del año hacemos una autoevaluación y preparamos nuestros proyectos, nuestras metas a realizar que sí y solo si con voluntad podemos alcanzar. ¿Acaso no esta Huitzilopochtli en nuestras vidas? Claro que sí, porque él representa un axioma que rige nuestra existencia, creamos o no en esto.
Nuestros ancestros Toltecas, Zapotecas, Mayas y Mexicas eran grandes sabios que sabían aprovechar los ciclos de la naturaleza para que la especie humana crezca y evolucione junto con ella. Ahora nosotros basados en estos conceptos filosóficos estamos invitados a encontrar el verdadero sentido de nuestra vida, pero no lo lograremos si dejamos de pensar en nuestra Tonantzin Tlalli, en la preciosa Ceiba, la Pacha Mama, nuestra Venerable Madre Tierra que nos alimenta. Ella es la gran unificadora porque todos somos sus hijos y toda la especie humana esta hecha de lo mismo, si dejamos de pensar en ella nos enajenamos y nos invade el deseo de acaparamiento, la soberbia de pensar solo en estar sobre el otro.
Nuestros ancestros nos invitan a que concientemente vivamos este solsticio de invierno que se celebra con fecha: Ilhuitl chicoace coatl, Tonalpohualli Ce Xochitl, Cempohualilhuitl panquetzalistli, Xihuitl chiconahui tecpatl (día seis serpiente, trecena uno flor, veintena del levantamiento de los estandartes, del año nueve pedernal) y con fecha en el calendario gregoriano 21 de diciembre del 2008.
Elaborado por Tlahuilcoatl
Psic. Martín García